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Durante el último año los comentaristas han descrito la crisis del euro como el juego del gallina. En la versión más famosa del juego, dos coches conducen en sentidos contrarios. Si como mínimo un conductor no se desvía (convirtiéndose en el gallina) el juego acaba en una catástrofe. El escenario catastrófico europeo es un colapso dramático del Euro con base en un accidente griego.
En este juego, el Sr. Trichet ha decidido pisar el acelerador, rechazando un compromiso con el Ministerio de Finanzas alemán que hubiera obligado al sector privado a pagar lo suyo. El BCE sigue abanderando su proyecto ambicioso y antisocial de austeridad constante. Aparentemente no tiene límites a la hora de instar sacrificios o recetar recortes y privatizaciones. Su receta política para las economías frágiles de la periferia sigue siendo una mezcla imprudente de contracción monetaria y fiscal.
Los gobiernos socialdemócratas de la periferia europea han estado atrapados en el asiento del copiloto, suplicando a un conductor obsesionado que redujese la velocidad, ofreciéndose a hacer lo que haga falta para conseguir un poco de misericordia. Para la militancia de base (al menos personalmente), la sensación es semejante a ser víctima de un secuestro, atrapado en el maletero de un coche acelerado.
Este no es un capítulo glorioso en la historia de la socialdemocracia. ZP ha perdido su mojo. George Papandreou es un gran candidato para convertirse en el Ramsay MacDonald del siglo XXI. Y tienes la sensación que hay unos cuantos discursos como el que Ferenc Gyurcsány hizo en 2006 esperando a filtrarse.
El mensaje emanando desde Frankfurt y Bruselas es que no habrá creación de empleo, que los sueldos son demasiado elevados, que nadie trabaja las horas o años suficientes y que el camino a seguir es cerrar tu consultorio médico local y hacer que sea más complicado pagar la matricula de la universidad. No pierdes el tiempo votando a una alternativa porque no existe.
¿Qué sentido tiene Europa si el precio para continuar siendo miembro es tan caro? Qué sentido tiene si no consigue ni prosperidad, ni solidaridad, ni estabilidad, ni democracia.
No debería venir como una sorpresa que somos testigos de un contra-movimiento lógico de rechazo a los recortes y a la manera antidemocrática de su implementación. Este contra-movimiento generó una rebelión popular en Islandia y ahora encuentra su forma a través de los indignados españoles y los que han tomado la plaza Syntagma. Mientras que la situación sigue deteriorándose, la cantidad de ciudadanos que se encuentra excluída de cualquier tipo de pacto social incrementa de manera precipitada. La crisis produce masivamente nuevos ciudadanos precarios.
Si te encuentras en un despacho con aire condicionado, es fácil de olvidar que los días se están calentando en el Mediterráneo. Es fácil de olvidar que un corte en el subministro de la electricidad es más que una anécdota picaresca. Supone una sociedad que se preocupa por como sus padres y abuelos aguantarán las altas temperaturas y una preocupación generalizada por el confort y la seguridad de las embarazadas – por citar un par de ejemplos. Existe un límite a cuánto sufrimiento se puede soportar. El “accidente” que los mercados están discutiendo involucra la expresión que se vayan todos, que tuvo su origen en la crisis argentina, siendo traducida al griego.
El Sr. Trichet y sus copilotos parecen no darse cuenta que están jugando al juego del gallina, no contra otro coche, sino contra el muro de la realidad. No pueden disolver el pueblo y escoger a otro. No pueden recortar los sueldos un 20% - política que Mussolini llevó a cabo en Italia en 1927. Sus opciones son dos: dar la vuelta o estimbarse.
Existen alternativas (véanse las sugerencias de Andrew Watt aquí en SEJ o el Modest Proposal de Yanis Varoufakis), pero la voluntad política de aplicar cambios solo se ha generado en situaciones de emergencia.
Dar la vuelta a la lógica de la austeridad debería ser el primer punto de la agenda de la socialdemocracia europea. Eso requiere que muchos líderes e intelectuales dejen de actuar como si los pronunciamientos del BCE fueran sabiduría, o que aplicar sus políticas es simplemente de estadistas.